El fusilamiento

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El General pasó sus últimas horas en el cuartel del 21 Regimiento. Lo visitaron amigos y periodistas, como si fuese una fiesta. También un sacerdote. Ocupó parte de su tiempo para escribir una carta a su esposa, Clara, donde al despedirse asegura: “Mi espíritu se encuentra en sí mismo y pienso con afecto intensísimo en ti, en Chabela, en Alberto, en Julio y en Felipe”.

Le ofrecieron la visita de un sacerdote, a lo que respondió: “Mejor que un confesor debía haber aquí un psicólogo, que estudiara en provecho de la humanidad, los últimos momentos de un hombre que teniendo amor a la vida, no teme perderla”.

Asimismo, se durmió. El sueño de los justos. Durmió como si fuese a levantarse para una aventura maravillosa. En paz.

Carta de Felipe Ángeles escrita ante de ir al patíbulo. Colección Archivo Casasola – Fototeca Nacional INAH

Un poco antes de las seis de la mañana, recién despertando, el General preguntó, al escuchar las botas de los soldados fuera, si ya había llegado la hora. Se presentó el general Leandro Díaz de León, que había sido el juez que lo sentenció, y le pidió que se preparase. No le permitieron asearse. Se vistió con la misma ropa.

Al llevarlo hacía el pelotón de fusilamiento, los responsables se disculpaban, lo trataban con el saludo de “mi general”.

Alcanzó a despedirse de sus amigos que habían permanecido ahí toda la noche, diciendo “Ya es tiempo…”.

Después permaneció en posición firme, tranquilo, con los ojos abiertos, esperando las balas. El tiro de gracia se lo dieron poniendo una bota en su cuello. Y ahí termino todo. A las 6.45 horas.

De su fusilamiento escribiría, meses después, su amigo Manuel Calero: “El fusilamiento de Ángeles es un asesinato, un verdadero linchamiento… en el caso de Ángeles la autoridad quiso, por tratarse de un mexicano ilustre, dignificar el linchamiento con la farsa solemne de un procedimiento judicial. Carranza así lo dispuso… el actual gobierno de México ha perdido todo pudor en la consumación de esta clase de crímenes…”.

Su cadáver se entregó al licenciado Gómez Luna. En ese momento se limpió, se afeitó, se vistió con ropa interior, camisa almidonada y un traje de casimir color oscuro. Como él hubiese querido. Fue colocado en un féretro de madera y trasladado al domicilio de Leonardo Revilla. Ahí fue velado durante algunas horas para, después, ser trasladado en hombros al panteón de Dolores de esa ciudad.

Felipe Ángeles dentro de su ataúd antes del sepelio. Colección Archivo Casasola – Fototeca Nacional INAH

Como último gesto del miedo que siempre le tuvieron al General, se recibió la orden de que no fuese transportado su cuerpo de esa forma. A la mitad del camino se atravesaron oficiales del ejército carrancista para exigir que se utilizara un carruaje. El sepelio terminó con la última luz de ese día.

Francisco Villa se enteraría de su fusilamiento días después, en la población de Muzquiz, Coahuila, donde había llegado después de varias batallas.

Corrido del fusilamiento del General Felipe Ángeles. Acervo INHERM

Por muchos años el General fue ignorado en los libros de historia de la Revolución Mexicana. Su expediente militar termina, justamente, con la orden de fusilamiento dictada por el juez.