El Juicio Militar

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¿Quería el General convertirse en mártir, como en su momento lo consiguió Madero? Muy probablemente. El veía que su muerte era más útil a sus ideas, que sus acciones bélicas, que las batallas que había librado. Estaba en el inicio de su vejez, para un militar hace cien años, cumplir 51  años era cruzar una frontera hacía todo aquello que aborrecía, como la inmovilidad.

Su mujer Clarita, siempre lo siguió, con compartida disciplina militar y absoluta obediencia. Se atrevió, que se sepa, únicamente a intentar disuadirlo de su viaje de regreso a México en 1918. Ángeles se despediría de ellos, que estaban viviendo en su rancho, en El Paso, llamado “El Bosque”, los primeros días de noviembre, de camino a México. Fue el encuentro final.

Ángeles prefería la muerte que la inacción.

 

 

 

Felipe Ángeles, Nabor Enciso Arce y Antonio Trillo ante el consejo de guerra. Colección Archivo Casasola – Fototeca Nacional INAH

¿Había fracasado en su intento de cambiar, controlar, a los hombres de Villa, a lo quedaba de la División del Norte, en convertirlos, a esas alturas finales de la Revolución, en un ejército formal, que librase batallas razonadas, planificadas con anticipación, con respeto a los derechos humanos de sus enemigos? O, por el contrario, había avanzado mucho en sus afanes, se preparaba para las siguientes batallas. Historiadores y amigos, testigos, se contradicen en esto.

Lo cierto es que el General no podía deshonrar un compromiso, “yo permaneceré en suelo mexicano luchando”, que él mismo se había impuesto

Cuando fue capturado, el Secretario Interino de la secretaria de Guerra y Marina, era el general Francisco Urquizo, el jefe de las operaciones militares carrancistas en Chihuahua era el general Manuel M. Diéguez, su enemigo, contra quien había luchado varias veces.

El general Urquizo, que llevó las órdenes de Carranza al Consejo de Guerra, responsable primero de éste como su jefe, comenzó su carrera militar bajo las órdenes de Emilio Madero. A la llegada de Francisco I. Madero a la Presidencia de la República permaneció a su lado en la Decena Trágica, y después combatió a Huerta al lado de Carranza.

El principal operador, el que ordenó que, a su vez, se cumpliesen las órdenes de Carranza para fusilarlo, era Maderista. Coincidencia como tantas de la Revolución Mexicana en que resulta tan complicado entender en qué momento amigos y enemigos dejaron de serlo.

Institucionalidad a prueba de todo. Obediencia, siempre obediencia a un superior.

Uno de los villistas que fue hecho prisionero con el General, Isidro Martínez fue ahorcado horas después. Otros dos, José Muñoz Holguín y Juan Primera, fueron ejecutados en Ciudad Camargo, después de un juicio sumario que duró minutos. Néstor Enciso de Arce y Antonio Trillo fueron enviados, con Ángeles, a Chihuahua para ser juzgados. Se piensa que Enciso de Arce también lo traicionó.

Así, el sábado 22 de noviembre, en tren, llegaron a Chihuahua, para ser juzgados militarmente.

La misma tarde de su llegada, en el Cuartel del 21 Regimiento de Caballería comenzaría el interrogatorio, sus captores necesitaban que admitiera que era villista. Lo que hizo el General: “- ¿Así que ustedes quieren saber si soy villista?… pues sepan que sí, que soy villista y a mucha honra, porque el general Villa es el general Villa y una orden de él se obedece a cuatrocientas leguas de distancia. En cambio, ustedes, los generales carrancistas, son puros generales de banqueta”. Ángeles hablaba de él mismo, más que de Villa. Sabía que iba a ser fusilado. Quería dejar testimonio, y esta definición fue la primera de muchas.

Una definición de superioridad militar. Vendido, encarcelado, en la antesala de su muerte, dijo ser mejor, más obedecido.

A la mañana siguiente, con permiso, usos y costumbres de esos días, concedió una entrevista a varios reporteros. Ahí negó haber participado con Villa en el ataque a Ciudad Juárez… Y, seguramente, en su criterio militar así había sido porque no estaba al mando.

También declaró sobre Francisco Villa: “Es un hombre a quien han hecho malo, tanto los gobiernos despóticos que hemos tenido, como los que lo rodean. Los gobiernos, porque al lanzarlo a los desiertos y perseguirlo, lo han vuelto fiera; y los que andan con él, por aprobar sus mayores barbaridades. Villa en el fondo es bueno…”.

A las ocho de la mañana del lunes 24 de noviembre, en el Teatro de los Héroes, comenzó el Consejo de Guerra por el delito de Rebelión.

El que fue totalmente ilegal e inmoral.

Felipe Ángeles Ramírez ya no era general. El mismo Venustiano Carranza que daba instrucciones para éste, le había quitado, formalmente, esta categoría. Para el ejército federal, constaba, ya no era militar. Por lo tanto, no debió ser juzgado como tal. Los otros dos acusados, en la misma situación de ya no pertenecer al Ejército, junto con sus abogados, interpusieron demandas de amparo ante la Suprema Corte de Justicia, y los juzgados civiles y penales de Chihuahua.

En un telegrama, otra vez los telegramas, Venustiano Carranza había enviado instrucciones: “Cúmplase en todo con la ley sin admitir influencias de ninguna especie, ni a favor ni en contra del reo”.

Juego perverso.

En el teatro se habían reunido miles de personas, dentro y fuera. El juez instructor fue el general y licenciado Leandro Díaz de León y el defensor de Ángeles, el licenciado Alberto López Hermosa.

El abogado defensor comenzó su interlocución afirmando que los reos no podían ser juzgados militarmente, por un Consejo de Guerra, debido a no estar “comprobado su carácter militar”. Recordó que el General había sido dado de baja y Trillo era menor de edad. Pidió que fuese cancelado el juicio, y requirió constancia de la que ya era Secretaría de Guerra y Marina, constancias al respecto.

Esa mañana fue acusado de ser el presidente provisional de México, reconocido por Villa, y haber venido en esa calidad. A lo que el General respondió: “La prensa mexicana, en general, falsea los hechos. No es cierto que yo sea presidente provisional, versión que sólo es un arma política para combatirme… Yo no admitiría ser presidente de México, pues no tengo ni los conocimientos ni las facultades sociales… desde tiempos de Porfirio Díaz vengo luchando por la democracia, de la cual soy fanático”.

El presidente del Consejo de Guerra, general de brigada, era Gabriel Gavira. Cuestión de grados. El mismo Venustiano Carranza otorgó los ascensos a generales de brigada, mismo mando, a los dos protagonistas del Consejo de Guerra. El acusador y el acusado.

Éste insistió en el tema de “presidente provisional”. A lo que el General insistió en su postura: “A la prensa se le ha metido en la cabeza que yo soy “el presidente provisional sostenido por Villa”. En Estados Unidos me daban el título de “jefe de la artillería de Francisco Villa”, frase que, al repetirse refiriéndose a mí miles de veces, era mi eterna pesadilla. Cuando estuve en el ejército todos decían: “Ángeles es un matemático…”; matemático me decían unos… matemático me decían otros… y esa palabra, matemático, se convirtió en mi obsesión, en mi pesadilla. Parecía que querían significar que yo era un viejo sabio de negras gafas, encorvado y cubierto con una bata negra amplia… Matemático me decían, no me consideraban apto para montar a caballo ni para dedicarme a la gimnasia militar, yo era un matemático y nada más. Después les dio por llamarme artillero… Yo era solamente un artillero, no un oficial, ni un matemático, y no podía ser otra cosa. Los oficiales de Estado Mayor decían que yo no tenía conocimientos de táctica, que nada sabía yo de táctica y que desconocía el arte de la guerra… que yo será sólo un artillero. Así pasa ahora, soy el “presidente provisional” y así lo dicen todos”.

El teatro se venía abajo en aplausos para el General ante sus exposiciones, frente a la lectura de su biografía, escuchando la explicación de su vida.

Ese mismo día, tantas interpelaciones públicas, tuvo espacio para referirse a su papel con Francisco Villa: “Yo, desde mi llegada, he atenuado el rigor de Villa, quien ya trata a los prisioneros con más benignidad… traté de corregir los yerros del general Villa lográndolo en parte”.

A su vez, a pregunta expresa, contestó: “… en Parral contribuí a la rendición de una parte de los defensores, fue porque cuando estos estaban sitiados en el cerro de La Cruz… subí al cerro y su jefe me dijo que se rendirían en el acto si yo les garantizaba la vida…”.

Hablaba ante los generales de Carranza de los soldados de Carranza, vencidos en Parral.

Después de hablar contra la falta de educación del pueblo, ante la atención inmensa del auditorio, el General se refirió al pueblo: “… el amo es el pueblo, es el pueblo el que debe gobernarse a sí mismo, el que debe dejar de ser servil”. Y ya entrada la tarde: “Hay que evitar el odio, el amor es mil veces mejor que el odio…”.

La parte acusadora no lograba formalizar su posición ni sustentar sus señalamientos contra el General. La gente, público atento, estaba volcada hacía éste. Por eso intentó llevar la discusión a otro ámbito, preguntando si había sido Ángeles quien aconsejó a Villa rebelarse contra Carranza. Esto le permitió al General hacer un sumario de razones, recordando que fue Carranza quien le propuso unirse a él, le envió dinero para su pasaje cuando estaba en Francia… y finalizó, qué importante le era la explicación, hablando de su vestuario: “… siento encontrarme muy mal vestido. Esta ropa que traigo me la regaló mi aprehensor. Siempre he visto que las ropas influyen mucho en ciertas circunstancias y yo quería presentarme mejor vestido de lo que estoy…”.

Ante lo que el general Gavira lo amonestó por disgregarse y el General aseveró: “Creo, señor presidente, que, si ustedes me van a fusilar, es necesario que me justifique”.

Una vez más volvió a excusarse ante las personas que atestiguaban el juicio por su ropa, le importaba mucho como iba vestido. Y asumió, con total frialdad: “Yo sé que voy a morir, pero mi muerte hará más bien que mis acciones durante mi vida, porque la sangre de los mártires fecunda el suelo donde brotan los ideales”.

Vino la intervención del abogado defensor, que inició por preguntarle si creía ser general. A lo que Ángeles respondió que no. Que no tenía escalafón, ni patente, ni figuraba para nada. Ante lo cual, el defensor pidió que se solicitara por telegrama la ratificación de la Secretaría de Guerra y Marina sobre su condición de militar. Lo que fue rechazado. Ante los gritos del público, sus acusadores optaron por llevar al General a compartir anécdotas de su vida, para tranquilizar a la audiencia, sabedores de que, de cualquier forma, sucediese lo que sucediese, se dijese lo que fuese, iba a ser fusilado. Lo demás era mero espectáculo.

En los descansos el General se reunía con sus amigos para platicar, como si el Consejo de Guerra fuese un evento festivo en el que participaban. No se dejo vencer en ningún momento, sabía que iban a matarlo, y lo había aceptado quizás desde mucho antes. Estaba frente a su destino como lo que era, un militar muy disciplinado.

Su defensor afirmó que ninguno de los delitos había sido probado, y que no podían condenarlo porque no se había probado el carácter militar del acusado, por lo que se imponía la absolución, dado que el Consejo no tenía jurisdicción.

En la exposición final el General expresó: “… por muy honorables que sean mis jueces, no pueden ser imparciales… respecto al delito de rebelión que se me imputo, si éste fue cometido cuando me puse del lado de los convencionistas, no se me capturó infraganti y la ley exige que además de ser militar el acusado, haya sido capturado infraganti para condenarlo… Se juzga con una pasión diversa a los amigos y a los enemigos…”.

Terminó, para dejar constancia que la historia recoge: “Yo ya no tengo fuerzas y no quiero seguir luchando para salvar mi vida. Lo único que defiendo en estos momentos son mis acciones… mi único anhelo es que no se diga que fui un hombre malo”. Vino un receso.

Fueron dos días de juicio. A las diez de la noche del 25 de noviembre, entró una vez más al escenario del Teatro de los Héroes el general Felipe de Jesús Ángeles Ramírez. Entre el público se escuchó una voz fuerte, la del general José Gonzalo Escobar que ordenaba que presentasen armas, saludando a su paso. Ante la sorpresa de todos, los militares presentes se pusieron de pie obedeciendo. Poco después se dictaron las siguientes sentencias: Se absolvió al soldado Antonio Trillo, se condenó a morir al mayor Néstor Enciso de Arce, conmutando la pena por 20 años de prisión, al general Felipe Ángeles se le condenó a la pena capital.

Todo había terminado.

El jefe de la Guarnición, coronel Otero y Gama, autorizó las visitas para el General. Estos lo acompañaron el día siguiente. Escribió varias cartas, una para su esposa, “… desde este instante mi ternura, mi amor y mi recuerdo serán para ti y para nuestros cuatro hijos”. Durmió algunas horas.