El exilio en Estados Unidos

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Ya en el exilio, después de comprar un pequeño rancho en El Paso, muy cerca de la frontera mexicana, el General escribe una carta, fechada el 14 de diciembre de 1915. Dirigida a su amigo José María Maytorena, que vivía también exiliado en Los Ángeles, California. Ahí asienta: “…Como dice usted muy bien, la campaña del general Villa en Sonora fue un fracaso y ya lo tenemos de vuelta en Chihuahua. En este momento corre por las calles el rumor de que fue asesinado por alguno de los suyos. De todos modos, sea esta noticia verdadera o falsa, es casi seguro que dentro de poco tendremos por acá a las tropas carrancistas en busca de las villistas, y tenga usted por seguro que Ciudad Juárez caerá en poder de los primeros y que tendré que soportar su enemistosa vecindad… Y mientras tanto al mal tiempo hemos de hacerle buena cara…”.

No hubo nunca un reclamo, una palabra de reproche, una crítica para el jefe que no supo escuchar sus consejos, el líder que los llevó, a todos, al fracaso y/o al exilio. En su relación lejos estaba el tiempo en que Villa, en una carta, le había propuesto a Emiliano Zapata que el general Felipe Ángeles fuese Presidente de México, pero no había rencor entre ambos, nunca se pelearon.

 

 

Felipe Ángeles, retrato. Colección Archivo Casasola – Fototeca Nacional INAH

Ángeles se engañó a sí mismo al comprar un rancho y pretender iniciar una nueva etapa como granjero. Fracasa. Pierde el poco dinero que tiene.

Ángeles vivió toda su vida anterior a este exilio, incluso en el extranjero, como militar. Y, coloquialmente, no se hallaba fuera del uniforme. Sin batallas que librar. Sin mando. Sin una razón para despertarse cada día.

En 1916 escribe, publica lo que llama “Autodefensa”, que es una larga explicación de su participación en la Revolución Mexicana. Ahí afirma: “… me hice reo de dos enormes delitos: el de haber sido factor implacable contra el huertismo y el de haber arrancado la careta democrática de Carranza”.

En julio de ese año, Ángeles acepta dinero de su amigo Maytorena para viajar a Nueva York en busca de trabajo. Ahí vive, los primeros meses, en casa de quien fue su defensor, Manuel Calero, quien resumirá ese tiempo de exilió: “… se consagró por dos o tres años, en medio de la más completa pobreza, al estudio y a la meditación”.

El 28 de septiembre escribe a su amigo: “Desde mi juventud lancé mi vida a una carrera de abnegación, dedicada al bien público y enteramente ajena al bienestar material de mi familia…”

El General era un hombre pobre. Una anécdota cuenta que Villa lo llevó a un cofre de monedas de oro, en 1914, para que tomase las que necesitara, y que el general rechazó el ofrecimiento. No tenía sueldo militar desde que logró cobrar sus haberes en 1913, antes de que Huerta volviese a encarcelarlo. Afirma Katz: “Dejó la Revolución tal como había entrado en ella: pobre y sin dinero suficiente para sobrevivir; aunque él también tuvo grandes posibilidades para enriquecerse”.

 

 

Felipe Ángeles sentado en un carruaje, retrato. Colección Archivo Casasola – Fototeca Nacional INAH

En esas fechas, mediados de 1916, Villa retorna a la lucha revolucionaria, toma Chihuahua derrotando a los carrancistas, y convive los siguientes meses, en Chihuahua, con los norteamericanos enviados a capturarlo, hasta que estos regresan a su país en Febrero de 1917.

Además de vivir de prestado, buscar trabajos, meditar, escribir cartas, Felipe Ángeles pretende, desde el exterior, seguir haciendo la Revolución. Odile Guilpain escribe de esto: “El exilio le quitó su lugar; el lugar idóneo que precisa encontrar cualquier ser humano para poder dar la medida de sus facultades, de su capacidad de acción y de pensamiento. Ese lugar para Ángeles era el ejército. En el ejército desplegó sus talentos de organizador; de profesor; de innovador; asumiendo los riesgos y gozando de las posibilidades que le eran dadas de cambiar algo del mundo en que le tocaba vivir”.

Los militares solamente pueden ser militares en un ejército. El general necesitaba, angustiosamente, su ejército. General que había sido ya de dos ejércitos.

El General vive en Nueva York un año más, buscando empleo, padeciendo el clima, conviviendo con los obreros en las minas de Pensilvania, en un intento fracasado de trabajar ahí. Al regresar a Nueva York escribe el 25 de septiembre de 1917 a su amigo Maytorena: “Había yo renunciado heroicamente a vivir en un cuarto decente, pero sufría mucho y tenía frío y preferí sacrificar lo demás, para tener buena cama y calor, y volví a esta casa, donde he vivido un año. Lo único que me preocupa es que no duermo bien por intranquilidad, y que eso el día menos pensado me tira en cama y eso bastará para echarme al abismo”.

Friedrich Katz, con anterioridad a los libros publicados por Adolfo Gilly, es el historiador que más espacio le dedica al general Felipe Ángeles. Es interesante recuperar lo que escribió al respecto en su libro “Pancho Villa”: “… Tenía una ideología coherente, que intentó llevar a la práctica. Era un socialdemócrata moderado, en un país en que no existía un partido de esa orientación. Como todos los socialdemócratas moderados, creía en la democracia, en la necesidad de llevar a cabo reformas sociales y económicas profundas que, sin embargo, debían implementarse gradualmente. A pesar de ser un militar, cuyo oficio era matar; era un humanista que tenía más respeto a la vida humana que ningún otro dirigente de la revolución mexicana, con la posible excepción de Madero. Practicar esa política en un país sin partidos políticos ni tradición de organización política moderna era una tarea digna de don Quijote, figura literaria con la que, de hecho, Ángeles se identificaba mucho. Creía que podía lograr sus objetivos a través de líderes populares como Villa y Zapata”.

El socialdemócrata, como lo llama el historiador, estaba solo, pobre, desesperado, y también aburrido, en Nueva York. Decide regresar a México, buscar a Francisco Villa.

No tenía dinero para regresar.

 

 

Felipe Ángeles sonríe, retrato. Colección Archivo Casasola – Fototeca Nacional INAH

Ángeles le envió una carta a Villa hablando sobre su deseo de volver que no se conoce, sí su respuesta a ésta, fechada el 14 septiembre de 1918: “Soy su amigo que nunca le volverá la espalda… no importa en qué condición me encuentre…lo admiro como uno de los hombres honorables de mi patria y nunca he dejado de pensar que el país lo necesita. Por tanto lo recibiré con los brazos abiertos, con el afecto y el respeto que siempre le he tenido… Siempre consideraré y escucharé con prudencia su consejo, porque le repito que admiro su honor y su cultura y aunque puedo haber obtenido el control del ejército y tenga la fortuna de un guerrero que hasta ahora no ha encontrado a nadie que pueda derrotarme, no me avergonzaría servir como soldado bajo su mando”.

A su vez, Villa le envió, junto a su respuesta escrita, otra carta para que el general la entregase a José María Maytorena, donde prometía reivindicarlo y pedía que a cambio le entregase 10 mil dólares al general Felipe Ángeles para su viaje de retorno… El General nunca la hizo llegar a su amigo y protector.

Siete meses después le escribía a Manuel Calero: “Yo hubiera querido no estar tan solo, hubiera querido ir acompañado de unos veinte patriotas bien conocidos en la República, pero no los encontré…” Otra vez, Felipe Ángeles asume que tiene enfrente el deber de librar, solo, una guerra que, a su vez, estaba únicamente en su mente. Ninguno lo llamaba a México, ninguno le encomendaba una misión, una misión utópica, amorosa, imposible.

En esa angustiosa lucha interna repite, en muchos textos, cartas, expresiones personales, que tiene una obligación para el engrandecimiento de la patria.

El fastidio del exilio lo había rebasado. La falta de una razón, de una rutina, de un trabajo a cumplir cada día influyó en esta decisión. El agobio de no estar haciendo algo importante para el país, es convicción de ser útil, ese sentimiento que acompaña a la vida militar permanentemente.

Sigue diciendo en su carta: “… estoy viejo ya y no podré resistir fácilmente la inclemencia de la vida a campo raso, sin alimentos, sin vestidos y sucia en extremo…a pesar de todo voy con fe, porque voy a cumplir un deber…

Un deber que él se impuso a sí mismo, por ese sentido de deber que le tatuaron en el Colegio Militar.Un deber que era también su muerte.

Por ese deber que tiene obligación moral de cumplir, el General no escucha voces que buscan cambiar su decisión.

Asegura Adolfo Gilly: “… seguramente hace la cuenta, como militar pero también como político, de que para ser un factor actuante y tener una voz con peso en el momento de las decisiones hay que estar  dentro del país y tener mando de tropas. No puede escoger cuáles tropas ni seguir en las vanas  discusiones del exilio. Su única opción es jugarse la aventura de un reencuentro con Villa…”.

En otra carta a Maytorena el General escribe: “¿Qué nos traerá el porvenir? Cualquier cosa que sea, hay que conservar hasta el último la esperanza de que algo bueno nos ha de traer y si en esa actitud nos sorprende la muerte, nuestro último pensamiento será que hemos obrado bien y que la recompensa vendrá aunque llegue un poco tarde…Que venga la muerte pronto, no me importará; que muera colgado de un árbol, o fusilado o en el combate o en una prisión, con tal de que sea trabajando por el adelanto de mi patria”.

En total, el segundo exilio del General duró 3 años y 1 mes. Vivió en El Paso, y en Nueva York. En casas ajenas, en un rancho, en un pequeño departamento. Con su familia. Solo. Trabajó como  granjero y, también, buscando trabajo.