La Convención de Aguascalientes, Zapata y la Toma de la Ciudad de México

  Estás en > Historia> Felipe Angeles

Vendría la Convención de Aguascalientes y el rompimiento formal con Carranza. No solamente entre ellos. Rompimiento que no se había dado antes porque jefes militares, generales, de ambos lados, estaban en contra de éste, de que hubiese una guerra entre ellos. Sus mandos no fueron tan poderosos como para ir a una batalla entre ejércitos que habían vencido a Huerta.

 

Felipe Ángeles firmando la bandera nacional en la Convención de Aguascalientes. Colección Archivo Casasola – Fototeca Nacional INAH

De esta Convención escribió Ernesto Ortiz Diego: “La Soberana Convención de Aguascalientes fue un intento de negociación política entre las facciones revolucionarias, una disputa por el poder político, un tratar de imponer su hegemonía, una lucha por el estado revolucionario. Fue el escenario institucional en donde midieron sus respectivas fuerzas políticas e ideológicas las principales corrientes revolucionarias en pugna que habían conformado la coalición antihuertista… fue el intento tráfico y fallido de establecer un mínimo de racionalidad …”.

Se realizó en esa ciudad, entre octubre y noviembre de 1914.

Según Friedrich Katz: “Lucio Blanco y otros cuarenta y nueve generales crearon una Junta de Pacificación, que tomó la iniciativa de contactar a los generales de la División del Norte para hallar la forma de resolver pacíficamente sus diferencias. Carranza aprobó de mala gana esa salida. No podía permitirse enemistarse con la Junta, y menos cuando se incorporó a ella el más capaz y poderosos de sus generales, Álvaro Obregón”.

Escribe al respecto Martín Luis Guzmán: “… si como cuerpo político la Convención estaba condenada al fracaso, como espectáculo lograba a cada momento los éxitos más halagadores”.

Francisco Villa se presentó personalmente en el Teatro Morelos de Aguascalientes, por la petición de Obregón de que los jefes revolucionarios firmasen en una bandera mexicana el compromiso de acatar las resoluciones de la Convención. Ahí pronuncia unas palabras, según Martín Luis Guzmán: “Compañeritos, señores generales y oficiales… yo, señores, no pido nada para mí, no quiero que nada venga en beneficio de mi persona… en manos de ustedes está el futuro de la patria está el destino de todos nosotros los mexicanos, y si eso se pierde, sobre la conciencia de ustedes, que son personas de leyes y de saber, pesará toda la responsabilidad”.

Ángeles fue el responsable de que Emiliano Zapata participase en esta Convención, y para ese fin viajó a Morelos. El mismo general que había combatido en su contra, cosas de la Revolución.

Sobre la partida hacía este encuentro, escribió en su diario: “Yo tengo la profunda convicción de que soy un indio nacido en las últimas capas sociales y que debido a mi carácter y mi independencia me he hecho amar a mi alrededor… y sé que soy el menos bien elegido para ir allá, porque he sido jefe de las fuerzas que han operado en esa región, pero hago el esfuerzo con gusto, y si allá he de sacrificarme, con gusto diría: he muerto por hacer un esfuerzo por mi Patria…”.

 

 

Lucio Blanco, Felipe Ángeles y Manuel N. Robles, retrato de grupo. Colección Archivo Casasola – Fototeca Nacional INAH

Al pasar por la ciudad de México, en camino a Cuernavaca, el general Ángeles visitó, junto con el general Lucio Blanco y Buelna, en la Penitenciaria a varios revolucionarios que había encarcelado Carranza, entre ellos Martín Luis Guzmán. De la misma manera, cobijó en su tren a José Vasconcelos, que huía de los carrancistas.

 

Felipe Ángeles y Lucio Blanco visitan a los presos en Lecumberri. Colección Archivo Casasola – Fototeca Nacional INAH

El General fue bien recibido por Zapata quien le dijo que había sido el único que lo combatió honradamente, y que por eso tenía la simpatía de sus hombres.

La posición del General siempre fue de moderación, y de la formación de un ejército fuerte. El General era operador sin protagonismo. El representante personal de Villa fue Roque González Garza, quien hizo público el ofrecimiento de éste de un suicidio conjunto con Carranza.

El 31 de octubre de 1914 por iniciativa de Álvaro Obregón, la Convención adoptó la resolución de pedir las renuncias de Carranza y Villa. A lo que don Venustiano se negó. Días más tarde se aceptó destituir a Carranza, y Obregón propuso a Eulalio Gutiérrez para sustituirlo.

 

 

Eulalio Gutiérrez acompañado de Felipe Ángeles después de haber sido nombrado presidente provisional. Colección Archivo Casasola – Fototeca Nacional INAH

Venustiano Carranza ya había trasladado los poderes al puerto de Veracruz. Varios generales fueron a verlo para pedirle que aceptase las resoluciones de la Convención de Aguascalientes. Ya no regresaron, permanecieron fieles a don Venustiano, entre ellos Álvaro Obregón.

El 10 de noviembre, Eulalio Gutiérrez declaró a Carranza en rebeldía contra el gobierno revolucionario legítimo de México y nombró a Villa comandante en jefe de las fuerzas de la Convención Revolucionaria. Casi al mismo tiempo que iniciaba la guerra civil, el 23 de noviembre de 1914, los norteamericanos se retiraban de Veracruz, dejando en manos de Carranza una gran cantidad de armas que ellos habían incautado de los barcos que las traían al presidente Victoriano Huerta.

Vino la toma de la Ciudad de México en diciembre de 1914, por Villa y Zapata, donde días después se firmaría el pacto de Xochimilco, la entrada juntos de Villa y Zapata que en palabras del jefe de la División del Norte se debía: “… deseo que todo el mundo se dé cuenta de que estamos unidos fraternamente y dispuestos a hacer toda clase de esfuerzos y sacrificios, por el bienestar y la tranquilidad de nuestra patria por la que tanto hemos luchado”.

 

Felipe Ángeles y sus tropas a su paso por el zócalo de la ciudad de México. Colección Archivo Casasola – Fototeca Nacional INAH

El texto del historiador Pedro Salmerón, en su libro “1915 México en Guerra” escribe al respecto: “… en el lugar de honor, ataviado con un magnífico traje de charro y montando un caballo rosillo, Emiliano Zapata. A su derecha cabalgaba el general Tomás Urbina, el León de Durango; junto a él marchaba el joven general sinaloense Rafael Buelna. A la izquierda de Zapata, haciendo caracolear a su soberbio alazán tostado, el general Francisco Villa, enfundado en un sobrio uniforme azul… los seguían 18 000 hombres de las tropas del Sur, y cerraban el desfile 15 000 soldados villistas de las tres armas encabezados por el general Felipe Ángeles”.

Después de ese desfile, Villa, Zapata y sus principales lugartenientes entraron a Palacio Nacional.

 

 

Felipe Ángeles y altos jefes de la División del Norte transitan frente a Palacio Nacional. Colección Archivo Casasola – Fototeca Nacional INAH

Escribió Martín Luis Guzmán: “¡Terribles días aquellos, en que los asesinatos y los robos eran las campanadas del reloj que marcaba el paso del tiempo! La Revolución amenazaba disolverse en mentira y crimen…”

Una de las víctimas de esos días de diciembre de 1914 fue el periodista Paulino Martínez.

Semanas después Eulalio Gutiérrez dejaría de ser presidente, y huiría de la Ciudad de México. Roque González Garza se quedó “a cargo” en medio del caos. Todos luchaban contra todos.

Lo que siguió de este desfile triunfal fue el desastre, la derrota. Y, también, un cambio tan profundo que siguió imponiéndose en el gobierno, en la mentalidad de cientos de miles de mexicanos, cuando ya habían sido derrotados los que ese día disfrutaron entraron a Palacio Nacional vestidos con el oropel de tantas batallas ganadas.

Según Friedrich Katz: “Ángeles trató por todos los medios de convencer a Villa de que no se demorara en la ciudad de México, sino continuara el avance sobre el cuartel general de Carranza en Veracruz. El impulso adquirido por Villa era tan grande que podría haber convencido a Gutiérrez y a sus seguidores e incluso a los Zapatistas, tan opuestos a apartarse de su territorio de unírsele en un ataque contra el puerto”.

Villa no aceptó los consejos de su lugarteniente, y en lugar de marchar hacía Veracruz envió al General a Torreón mientras él se dirigía a Jalisco. Durango ya estaba en su control, desde finales de septiembre por el general Calixto Contreras.

Volvamos a Katz: “Ángeles tenía razón. Un ataque inmediato sobre Veracruz era la única posibilidad que tenía Villa de superar sus desventajas estratégicas a largo plazo y tal vez de alcanzar la victoria”.

La decisión de su jefe arrastra a la derrota al General, contra su voluntad.

 

 

Felipe Ángeles, general, reprografia. Colección Archivo Casasola – Fototeca Nacional INAH

El 10 de diciembre, en la Ciudad de México, el general Villa recibió una petición de ayuda del general Emilio Madero, que era el jefe militar de Torreón, porque los carrancistas se acercaban, amenazando las vías del tren y las ciudades de La Laguna. No contaba con suficientes soldados para su defensa, apenas 6 mil de la división de caballería que encabezaba, y dos regimientos leales. Por lo que ordena al General que organice a sus hombres.

Ángeles sale de la Ciudad de México el 17 de diciembre con 6 mil hombres, avanzó a una población de nombre Bilbao, delante de Torreón, el general Madero, que por cierto era hermano de su amigo el presidente asesinado, se movió hacía ese lugar para encontrarlo… Ángeles llegó a General Cepeda en la madrugada del 6 de enero, capturando a todos por sorpresa, alrededor de 300 soldados  carrancistas. Esa misma tarde entraron, victoriosos, a Saltillo. Al día siguiente se enfrentaría con los generales Antonio Villarreal y Maclovio Herrera. En Ramos Arizpe los carrancistas huyeron, abandonando sus trenes, sus municiones…

La niebla, muy espesa, operó a favor de los convencionistas, hubo momentos en que no podía distinguirse el bando al que pertenecían. No se alcanzaba a ver más allá de la palma de la mano. Ángeles tomó, junto con el general Emilio Madero, 3 mil prisioneros. Otros carrancistas huyeron despavoridos, renunciarían a la guerra en el camino, llegando menos de 2 mil a Monterrey.

Al día siguiente del triunfo, el General formó a los prisioneros, a los 3 mil, los amonestó, les hizo prometer que no volverían a combatirlos… y los dejo en libertad.

Se ignora si el General escribió sobre esta batalla. He aquí lo escrito por Friedrich Katz: “El otro gran triunfo militar de los ejércitos convencionistas fue obra principalmente de Felipe Ángeles. Era la primera campaña militar que emprendía solo, y tanto en términos militares como políticos, llevaba su sello personal. Fue cuidadosamente preparada y estratégicamente concebida. En cuanto al trato de los prisioneros, fue la campaña más humana de toda la revolución mexicana… tres hechos destacan respecto de Ángeles. Manifestó un grado de humanidad único entre los revolucionarios mexicanos con excepción de Madero. No hay precedentes en la revolución mexicana de nada parecido a la liberación de tres mil prisioneros que él llevó a cabo después de la batalla de Monterrey…”.

Por su parte, el general Emilio Madero ofrecería, por escrito, un testimonio sobre el General: “Unía el general Ángeles un valor temerario a una afabilidad extrema y una cultura poco común. En el antiguo Ejército Federal, del que formó parte y en el que obtuvo el grado de general, era considerado como de los más brillantes oficiales de artillería, y durante la campaña que Villa inició sobre Torreón y en todas las otras acciones de guerra en que intervino se demostró como un táctico consumado. Pero en donde más brillaron sus dotes como general y sus profundos conocimientos como estratega fue, a no dudarlo, en la preparación y en el desarrollo que culminó en la batalla de Ramos Arizpe”.

En esa batalla, el general carrancista Maclovio Herrera mató al que había sido su compañero en las campañas villistas, el general Martiniano Servín.

De Ramos Arizpe se fueron, victoriosos, a Monterrey con un gran botín de guerra, que incluía 25 locomotoras de ferrocarril. Ahí, el General repartió dinero entre la tropa, pagó haberes pasados, permitió que se abrieran las iglesias, evitó saqueos y excesos de su gente… y esperó la llegada de su jefe,

Afirma el historiador Friedrich Katz: “La ocupación de esas dos ciudades importantes, junto con un triunfo adicional de los zapatistas, que lograron capturar la ciudad de Puebla, no tuvieron consecuencias decisivas en el curso de la guerra”.

El 13 de marzo entró Villa a Monterrey, algunas versiones dicen que, también lo hizo a caballo al hotel Ancira. El hermano del presidente Francisco I. Madero, Raúl, era el gobernador.

En esos días inciertos, sin su conocimiento, pese a la confrontación que habían tenido, el 19 de marzo, Francisco Villa escribe una carta a Emiliano Zapata para proponerlo como Presidente: “Creo muy conveniente que en esta vez tome posesión de la presidencia provisional de la República un hombre formal, serio y adicto completamente a la causa del pueblo, que por su patriotismo y honradez, garantice los ideales de la Revolución y, en mi concepto, creo que llena esas cualidades el general Felipe Ángeles, a quien pienso despachar con una fuerte columna de infantería a que tome posesión de la Ciudad de México y se haga cargo provisionalmente de la primera magistratura; pero como en todo deseo caminar de acuerdo con usted, le suplico se sirva decirme si está conforme con tal designación…”.

Zapata no estuvo de acuerdo. Ángeles no fue a la capital del país. Y no se convirtió en Presidente de México como tantos quisieron y/o visualizaron.

Villa le pidió a Ángeles que le ayudase a diseñar la ofensiva de las batallas que debían seguir.

Vendría, a principios de abril, la batalla de Celaya, contra el general Álvaro Obregón. Su gran fracaso. El general Felipe Ángeles había advertido que no deberían ir a esa población, lo hizo en Torreón en marzo, aduciendo verdades incontrovertibles como la falta de municiones.

Ángeles permaneció en Monterrey. Se había lastimado un tobillo, a Torreón, para hablar con Villa, llegó con muletas.

Terminada ésta, Obregón, que también era el secretario de guerra del gobierno de Venustiano Carranza, pidió a los oficiales villistas que se identificaran, todos vestían igual, prometiendo que no sufrirían ningún daño. Fusiló, de inmediato, a los 120 jefes que lo hicieron.

Las batallas que siguieron se perdieron, por graves errores de Villa. Se fueron quedando sin dinero… La hecatombe fue tan grande que, en septiembre, Raúl Madero le envió una carta pidiendo que renunciara, ni siquiera los más allegados creían en él.

Se perdió la guerra en Celaya, en Trinidad, en Aguascalientes. Se pierde.

En Trinidad, el general Ángeles acompaña la derrota, había advertido, también esta vez, que no era conveniente iniciar este combate.

La batalla de Trinidad duró más de un mes. Se ganó y se perdió varias veces, también contra el general Álvaro Obregón.

Felipe Ángeles y militar conversan. Colección Archivo Casasola – Fototeca Nacional INAH

Sobre la batalla de Aguascalientes escribe Federico Cervantes: “La tenacidad indomable de Villa, fino gallo de pelea que había perdido la sensatez, quiso hacer resistencia en Aguascalientes. Ángeles consideraba, desde antes, que puesto que las tropas habían perdido la fuerza moral, era indispensable dar una larga tregua y proceder a una completa reorganización, para lo cual proponía que hiciera una evacuación general, destruyendo las vías, para marchar a Chihuahua y Sonora, y allí reiniciar el movimiento. Villa ya no oía a nadie, y furioso por sus fracasos… insistió en la resistencia en Aguascalientes hasta la derrota total”.

Después, el general Felipe Angeles viajaría a Estados Unidos en junio, por instrucciones de su jefe, con la esperanza de obtener apoyo de ese gobierno, llevaba una carta para el general Hugh Lenox Scott, jefe del Estado Mayor del Ejército Norteamericano. Villa había recibido una oferta del gobierno de ese país para comprometer sus acciones bélicas, que no aceptó.

Ahí, en ese tiempo terrible de la derrota, viene un rompimiento con Villa, o por lo menos un gran distanciamiento. Según algunos autores porque Ángeles temía una invasión norteamericana y, le habría pedido que renunciara para evitarla. Que, en el fondo, era lo que pedía el presidente Woodrow Wilson.

Villa regresaría a Chihuahua, derrotado, dejando un reguero de sangre en su camino, en diciembre de 2015. Villa había perdido la Revolución, pero seguía siendo respetado por sus soldados, dispuestos a compartir su destino. Todos, menos el General que lo acompañó en sus triunfos.

En enero de 1916, disuelve el ejército de la Convención, afirmando en un discurso ante generales: “No acepté las condiciones que me imponía el gobierno de la Casa Blanca para la firma del reconocimiento al gobierno de la Convención. He preferido irme a la sierra y seguir combatiendo. Conmigo se irán los que estén dispuestos a seguir mi suerte; y los que no, pueden tomar el camino que mejor les convenga”.

Comienza su etapa bélica como guerrillero, ganando batallas, escaramuzas e invadiendo Estados Unidos, por la población de Columbus.

En octubre, el presidente de Estados Unidos, Woodrow Wilson, había reconocido la presidencia de Venustiano Carranza.

De abril a septiembre de 1915, fecha en que se exilia en Estados Unidos, el General pasa una oscura noche.

En un año, 1915, cambia el destino del país. Y Ángeles, en la persona de un Villa que no lo escucha, es derrotado junto al ejército convencionista.

El General dio un mayor número de entrevistas en 10 años, desde su regreso de Francia hasta las horas previas a su fusilamiento, que cualquier otro militar, en activo o en situación de retiro, revolucionario o de la etapa moderna de nuestra historia.

En octubre de ese año se exilia en ese país, viviendo al principio en casa de Manuel Bonilla en la ciudad de El Paso, Tejas. Aunque el mayor apoyo material lo recibió de su amigo, el ex gobernador de Sonora, José María Maytorena, el que quiso traicionar Villa en un absurdo y fallido pacto con Obregón.

Comienza la quinta vida para el General.