La Batalla de Zacatecas

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El 16 de junio los generales de la División del Norte, con Villa al mando, emprendieron el camino a la batalla de Zacatecas. O sea, lo que resulta tan complicado para comprender cien años después, rompen con Carranza, pero lo obedecen, a la vez que lo desobedecen en la forma.

El General apuntó en su diario: “El miércoles 17 de junio nos embarcamos en Torreón, desde muy temprano, para marchar hacía Zacatecas. Mi artillería iba en cinco trenes: cuatro para grupos y el quinto para mi Estado Mayor, el servicio sanitario, la proveeduría y los obreros… el viaje fue lento. Repetidas veces llovió so la tropa sin abrigos”.

 

 Felipe Ángeles y su Estado Mayor en el cerro de La Bufa, después de la toma de Zacatecas. Colección Archivo Casasola – Fototeca Nacional INAH

Seguía con su costumbre de escribir. En un fragmento, fechado el 20 de junio de 1914, se puede leer: “Tomé mi baño en una tinita minúscula. El general Pánfilo Natera fue a saludarme; iba montado en un caballito muy chico, pero de ley. Desayunamos juntos. Prometió acompañarme con su escolta y aún guiarme en el reconocimiento…”.

Al día siguiente: “Tomé mi baño un poco preocupado por no saber si las tropas que servían de sostén a los dos grupos de artillería, establecidos la noche anterior entre Vetagrande y Zacatecas, estarían bien colocadas y serían eficaces…Llovió despiadadamente sobre nuestros artilleros sin abrigos. Al retirarnos a Vetagrande, oímos los lamentos desgarradores de los heridos graves y vimos los muertos que yacían en el patio, tendidos sobre camillas, cubierta la cara con un pañuelo. Alguien nos contó los grandes destrozos que habían hecho dos granadas…”.

Y el día 23 de junio: “Despertamos tarde. Me afeité, me bañé y cambié de ropa interior. Nos desayunamos, montamos a caballo, yo en mi Curely, brillante y musculoso… dejamos nuestros caballos al abrigo de las balas y pie a tierra avanzamos a las ruinas de la mina de La Plata. Nuestra artillería había desaparecido de sus posiciones primitivas para tomar otras invisibles y muy próximas al enemigo; tres baterías fueron colocadas dentro de los corralones de las ruinas de la mina de La Plata…El enemigo debe haberse sorprendido de la desaparición de nuestras baterías, emplazadas dos días sin combatir; su cañón callaba, pero las balitas de fusil silbaban como mosquitos veloces de vuelo rectilíneo.”

En su diario el General sigue relatando muy detalladamente, desde el punto de vista estrictamente militar, la batalla que ha sido estudiada por muchos años, y se considera de excelencia: “… Y volvía a ver la batalla condensada en un ataque de frente de las dos armas en concierto armónico, la salida al sur tapada, y la reserva al este, para dar el golpe de mazo al enemigo en derrota. Y sobre esa concepción teórica que resumía en grandes lineamientos la batalla, veía acumularse los episodios que más gratamente me impresionaron: la precisión de las fases, el ímpetu del ataque, el huracán de acero y plomo, las detonaciones de las armas multiplicadas al infinito por el eco, que simulaba un cataclismo; el esfuerzo heroico de las almas débiles para marchar encorvados contra la tempestad de la muerte…”

Felipe Ángeles fue un escritor. Un hombre que tuvo el privilegio, excepcional en un hombre formado en la disciplina militar, de vivir la batalla que él concibió y, también, poder describirla.

Continua su relato, ya al final de la batalla: “Eran las seis cuarenta y cinco de la tarde; la temperatura era deliciosa; el sol de la gloria, ese día, 23 de junio, moría apaciblemente… Bajo el encanto de la obra clásica de ese día feliz, me hundí plácidamente en un sueño reparador y sin aprensiones”.

Del otro lado, el enemigo a vencer, estaba uno de los jefes huertistas, que había sido compañero del general Ángeles en el H. Colegio Militar, el general Antonio G. Olea, que ya lo era de división, y que había aceptado encabezar esta batalla, según sus propias palabras: “porque mi mayor ilusión había sido combatir contra fuerzas relativamente disciplinadas, y más éstas, que tenían por cerebro, si no a un genio, sí a uno de los militares más competentes y de más vastos conocimientos que hasta esa fecha había producido el glorioso Colegio Militar, al que ambos tuvimos la gloria de pertenecer”.

Obviamente hubo muchos muertos, arrasaron la población, según Cervantes que fue enviado de avanzada, después de la batalla: “Olía a pólvora y carne humana… los cadáveres yacían, escurriéndoles aún la sangre, por sobre el piso de las calles…”.

La mañana del 24 de junio ese fue el panorama que se encontró el General. Y entonces vuelve a aparecer su veta humanista: “Una ternura infinita me oprimía el corazón. Lo que la víspera me causó tanto regocijo, como indicio de triunfo, ahora me conmovía hondamente… la guerra, para nosotros los oficiales llena de encantos, producía infinidad de penas y de desgracias, pero cada quien debe verla según su oficio…”

Felipe Ángeles tuvo, a lo largo de su vida, varios oficios. El de militar que disfruta las batallas que aniquilan al enemigo. El del militar que se crece en la expresión contraria a la del superior cuando cree tener la razón moral. El del educador que pretende engrandecer conocimientos del estudiante. El rebelde que no sigue las órdenes de Venustiano Carranza. El del hombre pragmático fiel a su esquema matemático de la realidad. Y, también, el del hombre humanista preocupado por los demás. Sobre todos estos oficios sobresale el del militar leal al poder civil, encarnado en el presidente Francisco I. Madero. Que, dentro de esa cualidad de lealtad, no obedece órdenes superiores militares.

Ese ser humano tan complejo, se entendió con Francisco Villa en quien encontró cualidades que muchos historiadores no le han reconocido, en 1916 escribió: “Me enorgullece haber sentido por largos meses el afecto y la estimación de un hombre como Villa, y me entristece el pensar que, entre todo el montón de intelectuales del país, no hay un hombre de las energías de Villa… sepan que estoy con Villa”.

La batalla de Zacatecas fue la mayor, la más fuerte, la más enconada y la que mayor número de víctimas tuvo de todos los combates de la Revolución Mexicana.

Afirma el historiador Pedro Salmerón: “A muchos historiadores les parece que el plan de ataque era un alarde de fuerza en el que Ángeles y Villa no pensaron en la vida de sus hombres. Un análisis general de la campaña nos permite advertir lo contrario: sabían que una lenta batalla de desgaste, una repetición de los combates de La Laguna, era superior a las fuerzas y recursos de la División del Norte e idearon una manera de resolver violentamente la contienda en unas pocas horas”.

De esta batalla afirma Adolfo Gilly, en su libro Felipe Ángeles el Estratega: “Es también, ante la terquedad de Venustiano Carranza, el ajuste de cuentas de Villa y de Ángeles con su mando autoritario, su ignorancia del arte de la guerra y sus maniobras políticas contra la División del Norte. Es por fin la fusión, en los afectos y los peligros de la guerra, de la voluntad de dos personalidades desiguales, Villa y Ángeles, contradictorias entre sí y extrañamente complementarias”.

Esta batalla, desde el ángulo estrictamente castrense, demostró la importancia de la Artillería. Las ametralladoras usadas en la Revolución disparaban hasta 500 balas por minuto. También se armaron con fusiles Mauser y carabinas 30-30. Cuando el general Felipe Ángeles estudió en el H. Colegio Militar no existía el Arma de Artillería. El estudio de las armas, de la pólvora en la guerra, de la estrategia propiamente ejecutada, fue una de sus mayores obsesiones.