Los telegramas, la Revolución y el General Ángeles

  Estás en > Historia> Felipe Angeles

Villa y Ángeles. Ellos dos juntos. Y juntos con sus hombres. Porque cómo Villa había declarado en una entrevista: “Me pregunta usted por qué peleo en la línea de fuego. Yo bien sé que esto es muy peligroso y que a muchos les parecerá una tontería, pero la verdad es que yo prefiero decirles a mis hombres: “Vengan acá” qué mandarles decir por medio de un ayudante: “Vayan allá”.  

Según algunos testimonios, tanto Ángeles como Villa hicieron un recorrido, a caballo, juntos, antes de iniciar la batalla. De esa mañana escribió Gustavo Bazán: “Se tomó a los federales por sorpresa, cuyos jefes se bañaban plácida y despreocupadamente en el oasis Anhelo que hay en aquel desierto. La victoria fue fulminante y espléndida”.  

A continuación, los federales abandonaron Saltillo, según se informó a Venustiano Carranza: “Tengo el honor de comunicar a usted que la plaza de Saltillo fue evacuada por el enemigo, habiendo sido ocupada ayer al mediodía por fuerzas al mando del general Robles. El enemigo saqueó todo el comercio de la ciudad e incendió el casino. Hónrome en felicitar a usted por este nuevo triunfo. El general Francisco Villa”.  

El 25 de ese mes, Venustiano Carranza envió a Pánfilo Natera a tomar Zacatecas. El 29 Villa llega a Torreón para encontrarse con Ángeles, y al día siguiente, seguramente escrito por el General, le envió un telegrama a Carranza donde pedía avanzar al Sur con las fuerzas bajo el mando del general Pablo González. También le pide, palabras más, palabras menos, que Obregón se ponga bajo su mando: “Igualmente espero dará sus órdenes para que la División del general Obregón haga su marcha informándome y de acuerdo con nosotros”. Al mismo tiempo, por su parte, redacción muy similar, el general Calixto Contreras mandaba una carta a Emiliano Zapata para reunirse.  

Otra vez las razones de la guerra, de lo militar, se confrontaban con los temas políticos, con las ambiciones políticas, con el poder político. Carranza no podía permitir que Villa, es decir Ángeles, fuese el héroe más famoso, más respetado.  

Dos antecedentes pueden ayudarnos a entender esta provocación de Villa.
Primero el desdén, casi falta de respeto, del general Felipe Ángeles al agradecer su ascenso. Y el discurso que pronunció en Saltillo, en un banquete para darle la bienvenida a Carranza, mencionando todo aquello que sabía que podía irritar de sobremanera a su jefe formal. Discurso que fue una repetición de insultos.  

En respuesta, Carranza los detuvo ordenando que los ferrocarriles que estaban en la estación de Torreón no se moviesen hasta recibir su permiso. Dos días después le ordenó que mandase refuerzos al general Natera en Zacatecas. Y Villa se niega, pidiéndole que fuese toda la División del Norte la que viajase a esa ciudad, pidiendo que Natera suspendiese el ataque hasta su llegada. Villa envió a Saltillo a Silvestre Terrazas para hablar con don Venustiano, que no quiso escucharlo. Cuando le informó, Villa muy enojado exclamó: “¡Nos vamos contra Saltillo, a colgar a ese viejo y sus achichincles!”.  

Según el historiador Friedrich Katz: “La furia de Villa no se debía solamente a la intransigencia de Carranza y a su temperamento volátil, sino a que se daba cuenta de que le habían hecho trampa. Había hecho concesiones genuinas y sustanciales al Primer Jefe: le había cedido el control de los ferrocarriles del Norte y, más importante aún, el de su propio estado natal… y no había recibido nada a cambio”.  

El viernes 12 de junio de 1914 Villa recibió un telegrama: “Señor general Francisco Villa. Muy urgente. Ayer ordené a usted que mandara tres mil hombres con la artillería a reforzar las tropas que están atacando Zacatecas… creo que habrá usted movido a aquella ciudad las fuerzas a que me refiero. Si no hubieran salido que salgan inmediatamente bajo las órdenes del general Robles… Salúdolo afectuosamente…”  

A esto respondió Villa: “… refiriéndome a su atento mensaje de hoy, en que se sirve ordenarme auxilie al general Natera, siento mucho manifestarle que por el momento no puede ir el general Robles pues encuéntrase enfermo desde hace varios días. Muchos deseos tengo de movilizar desde luego las fuerzas de mi mando; pero tropiezo con el gran inconveniente que, a consecuencia de los fuertes y grandes aguaceros, hay algunos deslaves en la vía férrea. Ya ordeno que inmediatamente se hagan las reparaciones…”  

La redacción, es obvio, era responsabilidad del General.  

Siguió una “conferencia telegráfica” donde Villa le dijo, claramente, que no iba a obedecerlo: “No puedo auxiliar al general Natera antes de cinco días, porque el movimiento de tropa no se puede hacer antes de ese plazo. Señor, ¿quién les ordenó a esos señores fueran a meterse a lo barrido sin tener seguridad del éxito completo, sabiendo usted y ellos que tenemos todo para ello?… Ahora dígame usted, señor, si al salir yo con la División de mi mando voy a quedar bajo las órdenes de Arrieta o Natera…” 

La Revolución se decidía en oficinas de Telégrafo.  

Siguió el intercambio por ese mismo método: “… no es tiempo ahora de censurar a dichos jefes porque sin estar seguros del éxito atacaran Zacatecas, pues ellos, lo mismo que usted, están inspirados en el deseo de contribuir al triunfo de la causa” … Cuando Venustiano Carranza escribe este texto ya conoce que se perdió la batalla. Sigue su telegrama: “… por lo expuesto comprenderá usted que no trato de que vaya a ponerse bajo las órdenes del general Natera, sino que una parte de las fuerzas de usted coopere con él a la toma de la plaza…”  

Mucho de lo que decía Carranza era para exigir obediencia. Era un tema de poder. De mando militar, no de realidades, no de batallas, no de estrategia. Y así lo entendió Francisco Villa que respondió, escuetamente: “Estoy resuelto a retirarme del mando de la División. Sírvase usted decirme a quién la entrego”  

¿Era un ultimátum? Era un jaloneo de poder. A ver hasta dónde.  

A la oficina del telegrafista fue llamado el general Felipe Ángeles. Ahí, según su propio relato posterior, Villa le dijo: “A ver qué hace usted con estos elementos mi general, yo ya me voy… poco a poco me enteré de lo que se trataba: de los refuerzos pedidos, de la resistencia del general a enviarlos, de los recientes telegramas cambiados en la conferencia, del juicio del señor Carranza respecto a los ataques a Chihuahua y de Torreón, y de que el general Villa había hecho dimisión del mando. Esto último fijó toda mi atención y me hirió de golpe la contestación que en Saltillo elaboraba el señor Carranza. Va a aceptar al instante, afirmé… segundos después aceptó”.  

Era una conferencia de telegramas compartidos al momento, el de Carranza decía: “Aunque con verdadera pena, me veo obligado a aceptar se retire usted del mando en jefe de la División del Norte…”.  

El paso siguiente es intentar una interlocución con los generales que estaban al mando de Villa, comenzando con Ángeles, quienes postergaron para el día siguiente su respuesta, avisando a Carranza que se “retiraban a comer”. La comida era en realidad un festejo por el cumpleaños del General, 13 de junio.  

El General cumplía 45 años. Y, obvio, se pusieron de acuerdo en la respuesta que darían a Carranza, su lealtad a Villa era absoluta. Por eso lo primero que pidieron fue: “… le suplicamos atentamente reconsidere resolución respecto a la aceptación de la renuncia del señor general… pues su separación de dicha Jefatura en los actuales momentos sería muy grave”. A lo que Carranza se negó.  

Vendría la capacidad de estratega de Ángeles: “Señor. Podríamos, siguiendo al señor general Villa en su proceder, dejar el mando de nuestras tropas, disolviendo por ello la División del Norte; pero no debemos privar a nuestra causa de un elemento de guerra tan valioso. En consecuencia, vamos a convencer al jefe de esta División para que continúe la lucha contra el gobierno de Huerta, como si ningún acontecimiento desagradable hubiera tenido lugar y amonestamos a usted para que proceda de igual manera con objeto de vencer al enemigo común”.

 

Carta del General Felipe Ángeles. Colección Archivo Casasola – Fototeca Nacional INAH

Amonestamos a usted…”. Hay que reconocer el valor del General, en plena guerra, cuando se habían quedado huérfanos, de dirigirse así al jefe supremo. Y, también, ver la forma en que siempre antepuso razones militares, de combate, a las políticas. En el fondo esto favoreció las intenciones de Carranza que ya estaba en campaña política para obtener la Presidencia de la República.  

Su respuesta, todo documentado afortunadamente, en esos amarillos telegramas: “Siento tener que manifestar a ustedes que no me es posible cambiar la determinación que he tomado de aceptar la dimisión del mando de la División del Norte que el señor general Villa ha presentado, por exigirlo así la disciplina del ejército, sin la cual vendría la anarquía en nuestras filas”. Esto lo dijo quien no había estudiado en ninguna escuela militar, a un militar de carrera, al que recién había ascendido después de que le habían quitado su grado de general del ejército federal.  

Vino la discusión entre todos los jefes militares villistas, la subsecuente respuesta: “De
Torreón a Saltillo, junio 14 de 1914. Señor don Venustiano Carranza. La resolución irrevocable que hemos tomado, de continuar luchando bajo el mando del señor general Francisco Villa, como si ningún acontecimiento desagradable hubiera tenido lugar ayer, ha sido detenidamente meditada en ausencia del jefe de la División del Norte. Nuestras gestiones cerca de este jefe han tenido éxito y marcharemos prontamente al sur. Todos los firmantes pertenecemos a la División del Norte. Generales Herrera, Contreras, García Hernández, Almanza, Aguirre Benavides, Ceniceros, Ortega, Ángeles, Trinidad Rodríguez, José Rodríguez, Robles, Urbina, Servín, Pereyra”.
 

Así, con el primer apellido, con la fuerza de haber ganado batallas juntos, con la lealtad al jefe inmediato que tanto define el ser y el hacer militar.  

La respuesta de Carranza a esta declaración separatista: “… podría yo designar al jefe que deba sustituir al señor general Villa en el mando, pero antes de hacerlo deseo aún proceder de acuerdo con ustedes, para lo cual creo conveniente que vengan a esta ciudad mañana, para tratar este asunto, los generales Ángeles, Urbina, M. Herrera, Ortega, Aguirre Benavides y R. Hernández”.

 Frente este llamado Villa vuelve a tomar el mando, se indigna contra las
acciones de Carranza y sobre todo contra sus intrigas en Estados Unidos que impedían el envío de municiones que habían comprado. Se acepta el rompimiento como ineludible. Y así se lo hacen saber: “Su último telegrama nos hace suponer que usted no ha entendido o no ha querido entender nuestros dos anteriores. Ellos dicen en su parte más importante, que nosotros no tomamos en cuenta la disposición de usted que ordena deje el señor general Villa el mando de la División del Norte, y no podíamos tomar otra actitud en contra de esa disposición impolítica, anticonstitucionalista y antipatriótica”.  

Con esto quedaba todo dicho. Y, supongo, entendido por ambas partes. Con la redacción, la sintaxis excelente del general Felipe Ángeles. 

Y así lo interpretaron en el cuartel de Carranza, el autor de los telegramas, dijeron, por su estilo, por la insolencia, por sus menciones, había sido el General, que lo aceptaría años después: “Yo redacté el telegrama que cruzó el rostro de Carranza como un fuetazo”.

 

Ver una muestra de los telegramas:
https://inehrm.gob.mx/work/models/inehrm/Resource/662/1/images/Documento%203-Rafael.pdf