Victoriano Huerta, La Ciudadela y el segundo exilio

  Estás en > Historia> Felipe Angeles

Continúa Calero recordando: “En las oficinas presidenciales reinaba el caos, se hablaba, se vociferaba, se proponía y nada se ejecutaba… Recuerdo que el almirante Von Hintze, ministro de Alemania, visitó a usted (General Felipe Ángeles) en la línea de fuego y le preguntó -con pasmo natural en un soldado prusiano- por qué disparaba usted shapnel sobre los espesos muros de la Ciudadela y por qué las tropas del gobierno no ocupaban los edificios inmediatos a la posición enemiga sino que se dejaba que manzanas enteras, libres de rebeldes, se interpusieran entre éstos y las fuerzas leales. Usted replicó, con acierto, que no era el jefe de las operaciones, y que, como subalterno, sólo obedecía órdenes que se le daban, por mucho que las tuviera por insensatas…”.

En una conversación con su amiga, Rosa King, años después, el General recordaría: “La traición, eso es lo que rompía el corazón. Una cosa, señora King, es enfrentar a un enemigo. Pero tener enfrente los fusiles de amigos… ¡Imagínese, señora, si puede, el momento en que abrí fuego sobre la Ciudadela y descubrí que la mira de mi cañón había sido destruida en secreto ¡”.

José Delgado, Victoriano Huerta, Ángel García Peña y Felipe Ángeles, discuten ataque a la Ciudadela. Colección Archivo Casasola – Fototeca Nacional INAH

No olvidemos que el General fue un soldado experto en los menesteres de las batallas. ¿Por qué obedeció estas “órdenes absurdas”, disparar granadas sin capacidad, que solamente podían llevan a un fracaso?

A todo esto, debe agregarse el sacrificio de “rurales”, dos regimientos de militares vestidos de charros, a quienes Huerta ordenó atacar la Ciudadela. Y que murieron, según testigos porque fueron usados “como blancos de entrenamiento”. Francisco Urquizo, historiador, novelista, militar que sería secretario de la Defensa Nacional, escribió al respecto: “Sólo siendo muy animal se podía creer que pudiera tomarse una fortaleza montados a caballo y caminando por un lugar barrido por las ametralladoras”.

Mientras tanto los embajadores de Cuba, de España y sobre todo el de Estados Unidos intentaban convencer al presidente Madero de renunciar. El sábado 15 veinticinco senadores acudieron a Palacio Nacional para pedirle al Presidente que renunciase.

La Ciudad estaba en guerra. Y el general Ángeles perdía, intencionalmente, aceptando órdenes, la batalla de La Ciudadela. Huerta seguía siendo el “comandante de la plaza”. Imaginemos por un instante el ruido incesante de disparos, los cadáveres en las calles, la incertidumbre sobre el destino de tus familiares, la falta de alimentos, el miedo, la Ciudad paralizada por una guerra que, paradójicamente, solo ocupaba una pequeña extensión de terreno. Y, en paralelo, las intrigas de nacionales y extranjeros, políticos y militares, ambiciosos y derrotadas, la extrema y paralizante confianza del líder

Madero hablaba esos días de su deseo de entregar su vida para solucionar el conflicto armado. Deseo que se viera cumplido poco, muy poco tiempo después.

Ya en plena “Decena Trágica”, el General recibió una propuesta, velada, en voz de Francisco León de la Barra, donde insinuaba que a la renuncia de Madero él debería aceptar ser su sucesor. Lo que Ángeles rechazó.

El domingo 16 de febrero hubo una tregua acordada. La población se abasteció de víveres, además de atestiguar las consecuencias nefastas, la devastación del enfrentamiento. Y a La Ciudadela entraron 18 carros cargados de alimentos

Según el testimonio del contralmirante Paul Von Hintze ese domingo el embajador Wilson le informó: “El general Huerta ha estado sosteniendo negociaciones secretas con Félix Díaz desde el comienzo de la rebelión… yo le he hecho saber que estoy dispuesto a reconocer cualquier gobierno que sea capaz de reestablecer la paz…”.

Generales Huerta, Delgado y Ángeles, 16 de febrero de 1913. Osuna. CO-AGN Inv. 172

Una y otra vez Huerta había dado órdenes que parecían contrarias a la elemental lógica de guerra, intencionadas para perder.

Sobre la forma en que el general Felipe Angeles acepto combatir esos días, el historiador Adolfo Gilly dice: “¿Por qué no se sublevó Felipe Ángeles ante la evidente insensatez -en realidad felonía- de las órdenes de Huerta en la farsa del ataque contra la Ciudadela? La respuesta sólo puede ser una: por disciplina militar, por no dividir al ejército. Para su mentalidad de entonces, sublevarse era impensable, tanto como podía resultarle inconcebible que un general del ejército mexicano estuviera faltando a su palabra y manchando su honor en la forma en que lo estaban haciendo los dos protagonistas de esa farsa, Félix Díaz de un lado y Victoriano Huerta del otro…”.

El 18 de febrero, el presidente Francisco I. Madero y el Vicepresidente José María Pino Suárez son apresados en Palacio Nacional por el general Aureliano Blanquet. El general Huerta regresa a Palacio Nacional. Pide al general Ángeles que vaya a verlo “para recibir órdenes”. Éste ignora lo que acaba de pasar. Al llegar Huerta le informa que Madero ha sido detenido y le dice: “Contra usted general no hay nada” … le ofrece varias posiciones, incluida la de Secretario de Guerra, máximo mando militar, para que se una a los golpistas. El General le responde que no tiene vocación de traidor. Lo detienen, y lo mandan a la intendencia, donde ya estaban Madero y Pino Suárez.

El 19 de febrero Huerta asume la presidencia de la República, después de un brevísimo mandato de 45 minutos de Pedro Lascuráin. Algunos relatos de la época dicen que en su protesta estaba borracho.

El 22 de febrero de 1913 los generales Victoriano Huerta, presidente provisional de la República, Manuel Mondragón, Félix Díaz y Aureliano Blanquet decidieron el asesinato de Francisco I. Madero y Pino Suárez. Huerta ordenó que el General se quedase en la prisión que compartían.

La esposa y la madre de Madero habían acudido a todas las instancias, incluido el embajador de Estados Unidos, para pedir por su vida. Infructuosamente.

A Madero y a Pino Suárez los llevaron a la penitenciaria de Lecumberri. Al llegar, en la parte trasera, cuando el Presidente bajó del automóvil, el mayor Francisco Cárdenas le disparó a la cabeza. Otro tanto sucedió con Pino Suárez.

Victoriano Huerta permitió que Madero fuese enterrado en el Panteón Francés, con la condición de que su ataúd no fuese abierto y la ceremonia fuese rápida.

Semanas después el General es puesto en libertad.

Días después, se presentó ante sus superiores el 12 de marzo de 1913 exigiendo su paga como Jefe de la 7ª Zona Militar y los forrajes para sus caballos. El general Mondragón ordenó que se le pagasen sus haberes. Y recibió el mensaje de agresión, ahí estaba, en pie, general, militar, jefe, exigiendo su pago. Mondragón acepta, ordena que se le pague. Entiende. De militar a militar, lo estaba desafiando.

Ya no era un hombre perseguido, sino alguien con capacidad de atacar.

En respuesta, se activa una denuncia del ingeniero Manuel Medina Garduño acusando a Ángeles de mandar fusilar a su hijo en los hechos de La Ciudadela, cuando éste fue a arengar a la tropa para que se pasara al lado de los rebeldes. Tres semanas después de haber exigido sus haberes, el 3 de abril se ordena su arresto y se inicia un juicio en su contra. Manuel Calero sería su defensor.

El 29 de julio de ese año se ordena su libertad… para que se embarcase rumbo a Francia dos días después, con su esposa y sus hijos. Los boletos fueron pagados por el señor Manuel Calero, su defensor.

El historiador Adolfo Gilly escribe al respecto: “… Felipe Ángeles era un general. En la corporación militar su muerte habría sido un sacrilegio”.

Su defensor, Manuel Calero, publicó una carta en la Revista Mexicana de San Antonio, Texas. Fechada el 2 de febrero de 1919: “… se resolvió al fin que el general Ángeles marchara a Europa a hacer los estudios militares que estimara convenientes. No se le fijó programa ni país de residencia, ni se le dio instrucción alguna específica que sirviera para disimular el verdadero objeto de la supuesta comisión, que no era otro que expulsarlo del país… de lo anterior resulta que el general Ángeles no recibió merced alguna del general Huerta… jamás se trató de obtener de aquel promesa alguna que entrañara la menor cortapisa a su libertad de acción”.

En su expediente militar, firmado por el entonces oficial mayor, en oficio 01295, se dice: “Dispone el Presidente Interino de la República que el general Brigadier de Artillería Felipe Ángeles, marche en comisión del servicio a Francia, autorizándolo para viajar en Territorio de dicho país, con objeto de hacer estudios sobre Materiales de Artillería” …

Esta vez, por voluntad propia, el exilio duraría dos meses.

A través de Miguel Díaz Lombardo, también exilado en esa ciudad, recibió una invitación de Venustiano Carranza, quien había desconocido al gobierno de Huerta el 26 de marzo de 1913, como gobernador de Coahuila.