El General Felipe Ángeles

  Estás en > Historia> Felipe Angeles

Cuando el Presidente de la República, Venustiano Carranza presuntamente ordenó su asesinato, el general Felipe de Jesús Ángeles Ramírez había cumplido 51 años, había ganado las batallas más importantes de la Revolución Mexicana, había estado exiliado en Europa y en Estados Unidos, había sido director del Heroico Colegio Militar, había combatido contra el Ejército Federal donde se formó, y conocido la peor de las traiciones: Ser entregado al enemigo por uno de los suyos.

Felipe Ángeles, vestido de traje, retrato. Colección Archivo Casasola – Fototeca Nacional INAH

Mi muerte hará más bien a la causa democrática que todas las gestiones de mi vida, porque la sangre de los mártires fecunda el suelo donde brotan los ideales” declaró horas antes de enfrentar las balas, de madrugada, el miércoles 26 de noviembre de 1919. Sus últimos pasos los dio sin haberse bañado antes, tan pulcro, siempre arrastrando consigo una tina para sumergirse en agua helada al salir el sol, para después rasurarse, recortar las puntas del bigote hasta la perfección. Ritual que explicaba a sus subalternos como aspiración de que la muerte no lo encontrase desaseado.

En el día de su fusilamiento, el general Ángeles, hijo de militar, nieto de militar, siempre a punto de convertirse en titular de la Secretaría de Guerra, tenía 34 años de portar uniforme. Cuatro hijos. Deudas. Una historia de novela. Una vida donde la lealtad estuvo, siempre, por encima de cualquier conveniencia o tentación. Y la rebeldía, el desasosiego, la búsqueda de Dios, el amor a la patria, presentes. Así como la necesidad del combate.

Había rechazado insinuaciones, propuestas, casi exigencias para que fuese Presidente de México, de sus jefes, también de sus enemigos. Recibido la más alta condecoración del gobierno francés, y la vejatoria expulsión del ejército federal.

Felipe Ángeles con otras personas en el Colegio Militar, retrato de grupo. Colección Archivo Casasola – Fototeca Nacional INAH

Fue, además, un militar que supo escribir. De manera pulcra, correcta, amena, elegante. Escribió un diario, cartas, artículos para publicarse en revistas y periódicos. Redactó los telegramas más definitivos, esclarecedores de la lucha revolucionaria.

Ángeles permaneció junto al presidente Francisco I. Madero en las horas más oscuras, antesala de su trágica muerte. Lo hizo pese a los ofrecimientos del traidor Victoriano Huerta, que lo quería a su lado en el codiciado, escurridizo, puesto de Secretario de Guerra, aspiración permanente en todos los jefes militares. El enemigo vencedor lo necesitaba por su inmenso prestigio, una leyenda dentro del Ejército Federal.

También siguió inseparable de Pancho Villa en las derrotas anunciadas y las batallas compartidas, en la entrada triunfal a la Ciudad de México y en la soledad de la montaña en Chihuahua.

El General se quedó siempre al lado de aquello en lo que creía y que puede resumirse en honestidad, compromiso con el pueblo, amor a su uniforme, lealtad, siempre lealtad. Y la amistad. El valor extremo de la amistad, que tuvo primero con Madero, después con Pancho Villa. Con José María Maytorena, con Manuel Calero, con Federico Cervantes.

Felipe Ángeles de traje, retrato de perfil. Colección Archivo Casasola – Fototeca Nacional INAH

Fue un jefe militar que se rebeló contra aquello que no podía respetar, incluyendo algunos de sus jefes. Un militar de inmensa disciplina, pero también un rebelde adelantado a su tiempo, un crítico permanente de la corrupción del poder, incluso dentro del poder militar, un jefe militar que escribió, y publicó, lo que pensaba con una libertad singular para alguien que voluntariamente asumió las limitaciones del uniforme. Que vivió en el constreñimiento de la disciplina castrense. Un hombre que enfrentó a sus superiores para evitar negocios corruptos, una osadía que lo envió al extranjero varias veces en viajes de estudio, otras para padecer el exilio, la mala suerte sin techo.

Fue un hombre con gran amor a su familia, que no dudó en sacrificarla, en someterla a carencias económicas, al desarraigo, a la soledad como destino.

Al anunciar que el nuevo aeropuerto internacional, construido en la base militar de Santa Lucía, llevaría su nombre, el Presidente de la República, Andrés Manuel López Obrador, afirmó: “Fue un hombre leal al presidente Francisco I. Madero, culto, de principios e ideales, que siempre buscó el diálogo y la conciliación. Fue un ejemplo claro de que se puede ser humanista y militar”.

Protagonista desbordado de la realidad mexicana de principios del Siglo XX, heredero de las costumbres de final del siglo XIX, cercano y lejano al poder en turno, muchos lo quisieron candidato, presidente de la República, político encumbrado, a lo que Ángeles respondió siempre: “Soy un militar, y todos los militares estamos acostumbrados a mandar militarmente. Un militar, aún en un cargo civil, sigue siendo militar”.

General Felipe Ángeles. Acervo INEHRM

Su padre, el coronel Felipe Ángeles Melo, estuvo en la batalla de Calpulalpan contra Miguel Miramón, también en la lucha contra la invasión de 1863, y fue jefe de la 2nda Brigada de la División del Estado de México. Recibió el grado de Coronel de la mano de Benito Juárez, y después tuvo puestos políticos en Hidalgo. Fue un hombre muy estricto, que se casó tres veces, educó a sus hijos en un amor profundo por la patria que había defendido. Se negó a aceptar sus haberes atrasados con el argumento de que no había luchado por dinero “sino por el deber”.